SOPHIA (JUNIO 2002) Nº: 162

 

DESDE LA ATALAYA

Radha Burnier

 

 

¿Qué es lo real?

Hay una mujer joven que vive cerca de aquí y que le cuenta cada noche a su hijo, un niño de unos seis años, una historia del Panchatantra, una antigua colección de cuentos de animales que, según dicen, fue el precursor de las Fábulas de Esopo. El niño no acepta nunca la parte del cuento en la que un animal haya muerto. Ningún animal, en su opinión, debería morir; por esto corrige la narración y dice “No, madre, no se murió, se escapó al bosque”. Cada vez que un animal se encuentra en peligro en la historia, especialmente si es un animal joven, él repite “Se escapó, no se murió”. Otros niños dan respuestas que nos llegan al corazón, si no las descartamos por infantiles. Hemos leído en un artículo del periódico sobre un niño de tres años cuya madre, conduciendo junto a un acantilado en medio del mal tiempo, se salió de la carretera y su coche, con los ocupantes, cayó noventa pies hasta el mar. Ella se ahogó y el niño quedó sujeto a su asiento en las aguas heladas. Permaneció allí durante doce horas sin nada más a su alrededor que los trozos de hielo. Dos ángeles con alas y vestidos de blanco le cuidaban, contó él después, y por eso no tuvo miedo ni se sintió abandonado. Repitió la misma historia a todas las personas que hablaron con él.

Muchos niños lloran si ven llorar a su madre, o a cualquier otra persona. Tal vez la conciencia inocente en ese cuerpo joven, que no ha tenido todavía experiencias en la vida material, siente, de forma instintiva, que la infelicidad no es lo adecuado. La respuesta de un niño es algo natural, y por eso siente que algo no va bien cuando hay alguien que no esá feliz. La mayoría de los niños se sienten atraídos por otros seres inocentes, otros niños y animales, especialmente los pequeños.

Este estado de inocencia normalmente se pierde cuando el niño crece y se hace adulto, y el estilo de vida moderno no ayuda al niño a preservarlo. Se hace mucho daño empujando a los niños a tomar conciencia de las distinciones de sexo y a iniciar su vida sexual a una temprana edad; con la violencia que ven repetidamente en la televisión se va destruyendo el sentido instintivo de la unicidad que tienen. El infante huñmano, como sabemos, necesita protección y cuidados durante un período de tiempo mucho más largo que los animales o los pájaros. Tal vez éste sea el plan de la Naturaleza para desarrollar la sensibilidad en los humanos. El animal joven abandonado a su suerte se ve forzado a luchar para sobrevivir, y ello implica aprender a desconfiar a temer, a ser agresivo y otras cosas similares, que contribuyen a introducir en su vida las malas artes y la conducta competitiva. Cuando hay inseguridad y miedo se desarrolla la agresión, y el miedo obliga a la mente a inventar medios para auto-defenderse, para vencer a los demás. Así se va asentando la dureza y la conciencia pierde su capacidad innata delicada de respuesta.

En la mayoría de nosotros existen actitudes duras y si somos honestos descubriremos cómo y en qué momento ocurren; cómo se pierde la inocencia de la infancia y esa cualidad de sentir al unísono con otras criaturas vivas. Todos tenemos la posibilidad de experimentar los aspectos más sutiles de la vida, incluso de ser conscientes de las presencias angélicas y del valor de todas las formas de vida. Esta sensibilidad es una forma de distinguir instintivamente entre el bien y el mal. Romper a llorar cuando vemos alguna desgracia, algo que tal vez los psicólogos desprecien por ser infantil, o sentir que los animales no son un lujo de cuya vida se puede disponer, todo esto son respuestas de una pureza e inocencia internas y no un simple infantilismo.

“¿Es real el mundo?” es una pregunta que se repite entre los estudiantes y pensadores serios. Cuando se plantea esta pregunta, ¿estamos acaso preguntando si las montañas, los ríos, las estrellas, los árboles y los pájaros, es decir, el mundo de la Naturaleza, es real? Probablemente sea real, porque es parte de una Vida, de una Realidad, fuera de la cual nada existe. Por otra parte, como ese mundo natural es tan sólo una parte de la realidad total, puede considerarse como relativamente, pero no absolutamente, real. En los textos hindúes, se sugiere que los ríos y las montañas y toda la Naturaleza representan el grado de esplendor divino que el Supremo decide revelar, porque nuestros ojos son incapaces de ver más. Sólo un fragmento de la Realidad se manifiesta como los universos, pero lo inmanifestado sigue siendo la mayor parte de ella. Así el mundo de la Naturaleza no es irreal, porque forma parte de esa existencia Suprema, pero tampoco es real porque es solamente una parte, no el todo. Es un medio, por así decirlo, a través del cual puede vislumbrarse algo más mucho más grande o más vasto. Pero ¿qué tipo de mente y corazón puede ver el esplendor que hay más allá de las formas externas? Desde luego no una conciencia privada de la inocencia. El niño que no quiere oír hablar de la muerte de los animales está probablemente mucho más cerca de la verdad de la vida que el adulto que lo percibe todo en relación con su supervivencia, con su comodidad y ventajas personales.

Los seres humanos, por supuesto, forman parte del mundo de la Naturaleza, son su creación; pero de momento, nosotros nos hemos convertido en extraños para ella; perdiendo la inocencia, nos hemos exiliado del Paraiso y hemos optado por vivir en un mundo falso de máquinas, guerras, ambición, posesiones y otras atracciones. Este mundo de maldad, que es el producto del pensamiento humano, es irreal porque se basa en percepciones distorsionadas y en falsos valores. ¿De donde viene todo este maya? No está en los árboles, en los animales o en la tierra, sino en el ojo del observador que todo lo ve en forma de objetos para explotar y poseer. Quienes veían el río Ganges o la montaña de Kailasa como presencias divinas veían con sus ojos externos la misma agua y el mismo montón de tierra que nosotros, que reducimos el río y la montaña solamente a una materia inerte.

Por esto, no podemos dejar de insistir en la importancia de una percepción clara, que significa terminar con el endurecimiento de la mente. Si ya lo hemos hecho, al menos ahora hemos de prestar atención a la calidad de nuestras respuestas, y al desarrollo de la sensibilidad, que no es lo mismo que el sentimentalismo. La gente que expresa efusividad por las cosas se consideran tal vez más sensibles que los demás, pero los grandes videntes no eran dados al ‘emocionalismo’; veían la Realidad.

Cazos y sartenes.

Hablando metafóricamente, hay innumerables cazos y sartenes en todo el mundo que se dedican ahora al peligroso juego de acusarse de sucios los unos a los otros. Las diferencias de matiz entre los contendientes, que varían entre el negro azabache y el gris, contribuyen a la noción de que el “otro” es peor que uno mismo. Esta es la situación tanto a nivel global como individual.

Por acontecimientos recientes, hemos dirigido la atención a la situación de las mujeres indefensas en una gran parte del mundo, que se ven obligadas a esconderse detrás de burkas y que están privadas de la oportunidad de tener una educación y una profesión y de disfrutar de muchas otras ventajas que sus hombres consideran únicamente como privilegio masculino. En un artículo de Span (Enero.Febrero 2002), el “aparheid del género” se asocia con “los malos tratos, la tortura, las violaciones y el asesinato” y otras indignidades y privaciones “demasiado repetidas como para ignorarlas”.

Este tipo de sufrimiento impuesto por los hombres sobre las mujeres se asocia con la religión islámica. Indudablemente ninguna persona compasiva o razonable perdonaría o justificaría los malos tratos de la mitad de la población por parte de la otra mitad en ninguna parte. Las mujeres necesitan ser libres para desarrollar sus facultades, y esta flagrante desigualdad es intolerable. Todas las personas civilizadas tienen que defenderlas y apoyar los esfuerzos que se hagan en pro de los conceptos liberales.

Después de decir esto, hemos de fijarnos también en que millones de mujeres de países musulmanes como Indonesia, Pakistán y Bangladesh, e incluso de la India, donde hay una población musulmana muy grande, no llevan burka. También necesitamos observar que hay un número enorme de mujeres de países no musulmanes que no se encuentran en mejor situación que sus hermanas que llevan el burka. The Guardian Weekly (10-16 Enero 2002) dice que un número cada vez mayor de mujeres y niños se ven forzados a hacer de esclavos sexuales y un juez de Gran Bretaña, Peter Singer, ha criticado muy duramente la negligencia del gobierno para atajar el tráfico de mujeres y protegerlas de “un término indefinido de servitud penal trabajando como prostitutas”. Se imponen castigos relativamente benévolos, en el caso de imponer alguno, contra los que se dedican a esta actividad tan sumamente criminal, por ejemplo, se impone una pena de “sólo dos años si fomentaron o forzaron a prostituirse a niñas menores de 16 años”. Se dice que hasta 1.400 mujeres y algunos niños se hacen entrar en Gran Bretaña cada año para este comercio, según los informes del Home Office y de una organización benéfica en defensa de la infancia en el Reino Unido.

La situación no es diferente en Europa o en los Estados Unidos, y podríamos preguntar legítimamente si el destino de las mujeres ocultas detrás de la burka es peor que el del creciente número de mujeres pobres que se ponen a trabajar en la calle, esclavizadas por sus amos, sin esperanza alguna de libertad. Resulta útil señalar con el dedo otra religión o nación, pero el maltrato de las mujeres no es nada exclusivo de ninguna religión. Las mujeres hindúes han sufrido durante siglos las supersticiones y males que parecen haberse encontrado grabados en los textos religiosos. Las esclavas del sexo, las mujeres desnudas de los clubs nocturnos y otras que se ven empujadas a asumir el papel de juguetes de placer en tierras cristianas, no son las víctimas del cristianismo.

El aliciente del dinero, del poder y del placer se exhiben en todas partes del globo de una forma u otra. La lista de actos crueles cometidos por personas de todas las religiones es interminable. El juego de los cazos y sartenes que se acusan de sucios el uno al otro sólo resume el delito de la crueldad añadiéndole el pecado de fomentar el odio. También a nivel individual, la mayoría de nosotros estamos dispuestos a señalar las deficiencias de los demás. Si miramos objetivamente, veremos que existen los mismos defectos en todos nosotros, aunque en distinta forma y grado. El orgullo, por ejemplo, es un vicio común contra el cual nos advierten los textos religiosos, pero si observamos imparcianlmente veremos que la forma particular que adopta el orgullo en otra persona nos parece muy grande a nuestros ojos, mientras que lo consideramos inocuo cuando aparece en nosotros en otra forma o en un grado inferior. El mundo sería mucho mejor si desapareciera esta necesidad farisaica de ver la paja en el ojo ajeno.

“La inteligencia es imparcial” (Luz en el Sendero). La Fraternidad Universal es la base más segura de la verdadera moralidad, porque significa la necesidad de examinar todos los problemas de forma impersonal, sin estar motivados por el deseo de ganar puntos a los demás.

(THE THEOSOPHIST, abril 2002.)