SOPHIA (SEPTIEMBRE 2001) Nº 153

 

 

DESDE LA ATALAYA (Julio)

Radha Burnier

 

El elefante y la hormiga

 

En el libro sagrado de los Sikhs (el Guru Granth Sahib) pueden encontrarse muchas frases interesantes que han dicho el Guru Nanak y sus sucesores. Una de ellas es la siguiente: Dios es como azúcar esparcido por la tierra. Un elefante grande no puede recogerlo pero las pequeñas hormigas sí.

 

Cuando aspiramos a ser elefantes grandes, nos perdemos la dulzura de la vida sobre la tierra, que únicamente puede experimentar y disfrutar una mente simple. Una mente mundana no puede ser simple, excepto en el sentido de aburrida, ingenua o subdesarrollada. La mente se vuelve realmente simple sólo cuando se libera de las emociones y pensamientos turbulentos y complicados que nacen del egocentrismo; son producto de los objetivos y valores egoístas y materialistas. Simplicidad no significa tener poca ropa o vivir en una cabaña o al raso. La simplicidad se encuentra en aquella mente que no se desperdicia en las cosas no esenciales.

 

Cuando estamos centrados en nosotros mismos, tendemos a relacionarlo todo con nosotros. Leemos motivos en las palabras de otras personas y suponemos que deben estar hablando de nosotros. Como el mundo dice que hemos de superar a los demás, dejamos que el miedo, la ira y la insatisfacción crezcan como una úlcera en nuestro interior. Una mente simple y ligera, por otra parte, es clara y serena. No la perturban ni las emociones ni los pensamientos anteriores, los que son el resultado de la preocupación y el interés por uno mismo. Por esto, los grandes maestros nos han enseñado que no basta con vivir simplemente, sino que hay que ser simple por dentro. Con frecuencia expresan también profundas verdades con palabras simples, con metáforas y parábolas que han conmovido el corazón de los oyentes. Thomas a Kempis escribió: “Cuánto más íntegro está un hombre dentro de sí mismo, y se va volviendo simple internamente, más cosas elevadas entenderá sin esforzarse...”

 

En los Yoga Sutras, se dice que el Pranava o sílaba sagrada Om representa a Isvara, la realidad que es la base de la manifestación, el azúcar que endulza la tierra. Se dice que para meditar sobre esta realidad es útil, al menos al principio, repetir la sílaba o sonido que la representa, es decir Om. Algunas tradiciones espirituales, incluyendo la de los Shiks, han insistido en esta japa o meditación. Sin embargo, la mente complicada, considerándolo demasiado simple, ha inventado teorías y convenciones sobre el número de veces en que debe repetirse el nombre divino, quién y cuando ha de hacerse, etc. La repetición o japa se ha convertido en una formalidad y no en un detonante que sirve para experimentar el carácter sagrado de la existencia, llamado por los videntes de los Upanishads la Verdad de las Verdades.

 

Recordemos que, igual que el azúcar que se mezcla con la tierra, la substancia divina lo penetra todo. No dejemos que la mente mundana, hechizada por la imagen que tiene de sí misma como ocupante del centro del escenario, o al menos de parte del escenario, nos confunda.

 

Somos frágiles, y por esto proclives a distraernos y a confundirnos. Algunos ejercicios como la repetición del nombre sagrado o de alguna frase y la lectura de un tipo de literatura espiritual nos sirven de ayuda, porque su objetivo es el de recordarnos que el esplendor de la vida existe de forma invisible en el corazón de todos los seres vivos, como la “nata en la leche”. Sri Krishna dice en el Gitâ “Yo soy la vida de todos los seres”. Y los que conocen dicen, como Nanak: “Me siento feliz cuando duermo, me despierto feliz, vivo cada día feliz, sin preocupaciones ni ansiedad”; y esto es similar a la frase de Jesucristo: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera”. En presencia de lo Real, el miedo y la ansiedad se disuelven.

 

Una mente que no esté preocupada y presionada por la ambición, una mente simple, empieza a sentir y después a conocer lo Real. ¿Por qué nos permitimos el sentirnos ofendidos por trivialidades? A veces pronunciamos palabras que en realidad no queremos decir. ¿Por qué, entonces, no comprendemos a los demás cuando también dicen cosas que no querían decir? ¿No podemos elevarnos por encima de la confusión que existe dentro y fuera de nosotros? Meditando sobre el elemento divino que se halla en el corazón de toda la vida, como la hormiga que prueba el azúcar de la tierra, la mente se va acercando a la verdad y es cada vez más libre, tranquila y clara.

 

¿A dónde vamos?.

 

J. Krishnamurti señaló en el siguiente texto del libro Krishnamurti to Himself que cuando existe una relación correcta con la naturaleza, no se producen actos de violencia:

 

Es extraño que tengamos tan poca relación con la naturaleza, con los insectos y la rana saltarina y el búho que ulula en las colinas llamando a su compañera... Si pudiéramos establecer una relación profunda y duradera con la naturaleza, nunca mataríamos a un animal para comérnoslo, nunca perjudicaríamos ni viviseccionaríamos a un mono, un perro, un conejillo de indias en beneficio propio. Encontraríamos otras maneras... para curarnos el cuerpo.

 

A medida que pasan los años, la gente se congrega cada vez más en las ciudades y se privan del contacto con la naturaleza. Este puede ser uno de los motivos por los que las personas están tan dispuestas a matar, y se está estableciendo en todas partes una nueva cultura de la violencia y el crimen. No podemos abrir las páginas de un periódico o revista de noticias hoy en día sin leer cosas sobre los asesinatos que ocurren constantemente, facilitados por todas las armas de destrucción disponibles.

 

En todo el continente africano, la población del león se está reduciendo por causa de los cazadores. De los 50.000 leones que había hace unos años, sólo quedan 15.000. En la India, el magnífico tigre de Bengala ha sido cazado hasta llegar casi a su extinción. Los ricos pagan sumas altísimas, hasta 30.000 dólares, por matar un león. La satisfacción que el ego obtiene exhibiendo el trofeo de un león de gruesa melena se consigue gracias al sacrificio de los machos de la naturaleza, que son el blanco preferido. Los leones también son criados en cautiverio y después entregados a los cazadores, que pagan grandes sumas para poder matar a esa presa fácil, halagando su ego y llenando rápidamente el bolsillo de los organizadores de los safaris. Botswana permitía matar cincuenta leones al año dentro de su pequeño territorio, hasta que el asesinato de los machos de la naturaleza empezó a causar la degeneración de la especie; entonces se impuso una prohibición. Dicen que el anterior Presidente de los Estados Unidos, George Bush padre y otros miembros del Safari Club International están presionando a las autoridades de Botswana para que levanten la prohibición.

 

Irónicamente, el club de safari antes citado se auto-denomina “un club caritativo de conservadores de la caza” y en Inglaterra, numerosos cazadores ¡se han hecho miembros de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales para poder socavarla!

 

Finalmente, en La Haya, la Sra. B. Plavsic, una política serbia influyente, fue llevada a juicio por instigar y permitir la limpieza étnica sistemática de los musulmanes bosnios y croatas. Dicen que describía a los musulmanes como genéticamente deformes. Una etiqueta es lo que sirve para discriminar en el tema de las matanzas. En cuanto las criaturas vivas son consignadas a la clase de los genéticamente deformes, etiquetados como sabandijas, tarugos o simples animales, ya se tiene la base necesaria para barrerlos de la faz de la tierra. La reciente carnicería producida en Gran Bretaña cuando un enorme número de vacas y ovejas fueron muertas sin verdadera justificación es un caso de estos.

 

La caza de animales entrena a la mente para matar sin vacilaciones ni escrúpulos. Dicen que ha habido medio millón de crímenes en los Estados Unidos durante la última década y media, y a pesar del hecho de que 19 de cada 50 Estados están en contra de la pena de muerte, muchos cientos de asesinos han sido ejecutados. ¿Son acaso las ejecuciones algo distinto al crimen de otro tipo porque llevan el sello de la aprobación del Estado? En la reciente ejecución de Timothy McVeigh, el 11 de junio, dicen que una mujer vestida de novia bailaba de júbilo.

 

Varios millones de personas han muerto en el Congo debido a la guerra cruel que ha devastado el país. Pero estos millones son solamente una pequeña proporción del enorme número de gente masacrada en el Sudán, Sierra Leona, Biafra, Bosnia y otras regiones. Unas publicaciones recientes sobre la vida en China relatan cómo, en el último siglo, son incontables los millones de personas muertas en ese país solamente por los señores de la guerra, los japoneses, las fuerzas Kuomintang y las cohortes de Mao.

 

En estas circunstancias ¿podemos enorgullecernos de nuestro progreso? “Cuando la sal haya perdido su sabor, con qué se va a salar? Cuando la humanidad crezca en falta de humanidad, como parece estar ocurriendo masivamente, a pesar de que hay seres humanos compasivos, amables y buenos, ¿va la raza humana a evolucionar o a degenerar?

 

(The Theosophist, julio 2001.)