SOPHIA (JULIO-AGOSTO 2001) Nº 151-152

 

 

DESDE LA ATALAYA

Radha Burnier

 

EN SINTONÍA CON EL UNIVERSO

 

El tema de la sintonía tiene una importancia vital para la humanidad. Cuando no hemos estado sintonizados con otras personas, con nuestro entorno y con nosotros mismos, hemos perjudicado mucho las relaciones mutuas y nuestro propio progreso. El daño que nos hacemos a nosotros no se puede separar nunca del daño que les hacemos a los demás. Nosotros somos responsables de todo. Quienes están bien sintonizados e integrados internamente, irradían armonía y felicidad dondequiera que van y en todo cuanto hacen. Por otra parte, cuando existe discordancia interna, eso crea la discordancia externa. Además, como dice La Voz del Silencio “Antes de que el alma pueda ver, hay que alcanzar la armonía interna”. Toda discordancia ciega la visión y el progreso humano se ve retrasado.

 

El universo no es un caos sino un cosmos y está tan perfectamente sintonizado que quienes se dan cuenta de ello, a través del estudio y de la contemplación, se quedan mudos de asombro. En su libro Sólo Seis Números, subtitulado “Las Fuerzas Profundas que dan forma al Universo”, el autor Sir Martin Rees escribe sobre seis números, algunos de los cuales son muy pequeños y otros son muy grandes, y que constituyen la “receta” del universo. Si alguno de ellos tuviera que aumentarse o disminuirse lo más mínimo, no existirían ni las estrellas ni la vida. Por ejemplo, si la ratio existente entre la gravedad y la energía de expansión hubiera sido ligeramente distinta, el universo se hubiera desintegrado hace mucho tiempo, o no se habrían formado las galaxias ni las estrellas. El autor formula la siguiente pregunta: “¿Es esta sintonía simplemente un hecho porque sí, una pura coincidencia?”

 

Según los Indios antiguos, el orden cósmico se llamaba rta. El inimaginable alto nivel de sintonización que mantiene el orden cósmico está relacionado no solo tiene que ver con los hechos perceptibles y mesurables que conocen los científicos; existe también en dimensiones sutiles que no atañen a la ciencia. Rta para los antiguos era la armonía omniabarcante, el campo de todos los fenómenos de los campos visibles y profundamente invisibles y de las dimensiones de la existencia. David Bohm podría haber tenido una visión de este aspecto cuando habló, en su libro Wholeness and the Implicate Order, de la globalidad indivisa en el movimiento fluido y de un orden implicado que “constituye un aspecto fundamental de la realidad”.

 

El oído de un músico experto es tan sensible que éste percibe la más mínima desviación de la armonía de los sonidos. Oye las sutiles distinciones que otras personas no pueden percibir y cada vez que es necesario afina la cuerda para mantener el acorde perfecto. Todos los músicos de una orquesta se preocupan también por preservar la excelencia musical: incluso los más leves matices son importantes, porque forman parte integral del todo.

 

El orden cósmico o rta, a una escala enorme, casi inescrutable, puede ser algo similar. Existe una inteligencia y poder creador (el maestro músico) que restablece la armonía del universo, aunque sea por la más leve perturbación posible. Es el funcionamiento de Karma o Karma-Némesis como lo llama Madame Blavatsky en La Doctrina Secreta. Ella dice que “la única ley del Karma -una ley eterna e inmutable- es la Armonía absoluta en el mundo de la Materia, igual que lo es en el mundo del Espíritu. No es, pues, el Karma lo que castiga o premia, sino que somos nosotros quienes nos premiamos o nos castigamos, dependiendo de si trabajamos con la Naturaleza, a través de ella y colaborando con ella, obedeciendo las leyes de las cuales depende esa armonía, o transgrediéndolas”. (II.368) HPB también dice en este contexto que mientras no se haya reajustado “el efecto de la perturbación del más pequeño átomo del Mundo Infinito de la Armonía”, el “transgresor” sufrirá lo que él considera como su castigo. Él mismo experimentará lo que llamamos “dolor” y tratará de escapar de él, e ignorante de lo que está ocurriendo, actuará de tal manera que creará más perturbación todavía.

 

La tradición antigua también afirma que, de forma invisible para nuestra percepción, existen muchos tipos de seres, dotados de inteligencia en distinta medida, y que están en un estado de armonía inconsciente con la Naturaleza, realizando de forma espontánea la “Gran Obra”. Representan alegremente su papel en la sinfonía cósmica. Y también lo hacen todas las criaturas sub-humanas que conocemos. Sólo es al ser humano a quien se le plantea la cuestión de cómo sintonizarse con el universo. Nosotros, que estamos tan mal sintonizados, sentimos el padecimiento de la lucha y ansiamos la paz, el amor y la belleza.

 

Pero afortunadamente, la conciencia humana tiene el poder de observar, de reflexionar y de comprender lo suficiente sobre el universo en el que se encuentra como para darse cuenta de la responsabilidad que tiene el individuo en la preservación de la armonía. Con nuestro propio esfuerzo por ver y entender la vida, hemos de darnos cuenta de que las condiciones caóticas de la sociedad humana son el resultado de las contradicciones que existen en nuestro interior. Por esto el remedio está en nuestras manos. Si nos esforzamos por comprender, nuestra conciencia puede hacer la transición a un nuevo nivel de conocimiento del orden universal, de su significado y belleza.

 

La evolución no es simplemente un paso desde grados inferiores a otros superiores de complejidad de la forma, sino también un florecimiento de la conciencia a niveles superiores de realización. Esta realización incluye una apreciación de las energías fundamentales del cosmos; no se refiere necesariamente al conocimiento de los detalles. Es una visión de los principios divinos que se manifiestan tanto en cada detalle como en la corriente general. La omnisciencia del Buddha, dice la tradición, consiste en el poder que tenía de conocerlo todo, más que en el conocimiento de detalles ¡como el número de cabellos que había en la cabeza de alguien!

 

La corriente de la manifestación revela estos principios divinos en distintos grados a través de varios fenómenos y funciones. En la corriente de una cascada vemos un movimiento continuo aunque hay un cambio constante. Los cambios chispeantes ocurridos con un trasfondo estable nos hacen experimentar una refrescante delicia y una sensación de novedad a cada instante. La sombra o mundo fenomenalé es el movimiento interminable y el cambio inacabable, pero por debajo del movimiento está el Ser inmóvil y eterno, una paradoja que se repite de otras maneras. El orden del universo comprende una inmensa diversidad de formas y diseños. La energía creadora que los sostiene produce constantemente nuevas cosas; pero nada se repite, no hay una sola hoja de un árbol que sea igual a otra. La naturaleza parece aborrecer la clonación y la conformidad. Pero entre las asombrosas diversidades de la vida, existe un lazo misterioso que une a todas las cosas en un todo. El ser humano es como una gota de agua dentro de la enormidad y profundidad del océano de la existencia, aparentemente separado, pero inseparable de él.

 

Estas paradojas forman todas parte de la música de las esferas. La gran sinfonía de la Naturaleza se toca con diversos instrumentos, músicos, melodías, ritmos etc. Una parábola sufí cuenta que, cuando un cuervo fue expulsado porque irritaba a algunas personas con su graznido seco, el Señor reunió a sus ayudantes y les preguntó por qué faltaba un miembro de su orquesta. Cada elemento en particular tiene valor precisamente porque enriquece al todo, pero solamente el todo es la “música de las esferas”. Es algo maravilloso ser humano, porque podemos gozar de la belleza y la novedad de todos los distintos elementos y también darnos cuenta de que no son sino el todo. Son, de hecho, el Todo que despliega una parte de su naturaleza del yo, igual que la Luz despliega los colores del arco iris. Cada unidad tiene potencial para la diversidad, y todas las diversidades se funden con la unidad.

 

El problema humano es que nuestras contradicciones internas tienen su base en la gran paradoja de la manifestación, cuando el Supremo aparece distinto a Sí mismo. El Vicomte de Nouy, en su libro Human Destiny, y otros autores también, han especulado sobre el objetivo que hay detrás de la evolución, sugiriendo que podrían incluir la armonía, la libertad y la individualidad. En el ser humano normal y corriente, la afirmación de la individualidad destruye la armonía y parece establecer la libertad. La diversificación de las formas y de las especies es un medio para hacer evolucionar cada vez más las características individuales. Hay una enorme diferencia, por ejemplo, entre un mosquito y un elefante, no sólo por el tamaño, sino porque en el primero casi no hay individualidad, mientas que el segundo es claramente individual en su aspecto, en su comportamiento e inteligencia. El ser humano ha avanzado más en esta dirección. Pero al transcurrir los milenios, la evolución de la conciencia también ha ido desarrollando la libertad y un sentido de la armonía. Orgánicamente, se ha progresado en esta línea: el animal está físicamente más libre que la planta y la humanidad lo está todavía más. Internamente, también se están haciendo progresos hacia la libertad. Sin embargo, existe una aparente contradicción entre la necesidad de armonía por un lado y la individualidad por el otro en la vida de la mayoría de seres humanos. Esto se resuelve en las primeras etapas pre-humanas gracias a los propios reajustes de la Naturaleza. Pero en el ser humano auto-consciente hay conflictos y lucha. Quiere relaciones, pero su egoísmo estropea las posibilidades de experimentarlas con gozo. La afirmación de la individualidad (que es el egoísmo) es la causa primera de nuestra desarmonía. Igualmente, queremos la libertad, pero también necesitamos el orden, y esto no es solamente un dilema individual sino también social y nacional.

 

Por esto nuestro mayor problema es el siguiente: ¿Podemos ser libres sin crear situaciones caóticas y dolorosas? ¿Podemos alimentar la unicidad latente dentro de nosotros, sin entablar una guerra? Gran parte de ello depende de la manera que tengamos de entendernos a nosotros mismos y los valores que pertenecen a la substancia básica del universo.

 

Los valores universales e intemporales del cosmos no están conectados con las cosas externas y son independientes de ellas. Como dijo el poeta:

 

Las paredes de piedra no constituyen una prisión

Ni los barrotes de hierro una jaula.

 

Una persona encarcelada no es menos libre que otra persona libre que sea esclava de la pasión de la ambición, de la ira o de la envidia. Igualmente, la verdadera individualidad no es algo que tenga relación con la afirmación de nuestra importancia o con un despliegue de nuestros conocimientos. Lo que llamamos valores fundamentales, la libertad, la unicidad, la armonía, la felicidad, la paz, son características del alma. No dependen de nada que esté fuera de su existencia. La creencia de que hemos de encontrarlas fuera manipulando las relaciones, adquiriendo posesiones o cambiando las circunstancias, es la causa de la discordia y del sufrimiento. Estos valores son facetas de nuestra verdadera naturaleza y de la conciencia universal. Cuando nos demos cuenta de nuestra verdadera naturaleza, estaremos absolutamente sintonizados con el universo.

 

(The Theosophist, mayo 2001.)